El mejor afrodisíaco del mundo
- Javier Padilla
- hace 22 horas
- 3 min de lectura
Si el título de este artículo te llamó la atención y llegaste hasta aquí esperando encontrar ese ingrediente mágico que la rutina, el cansancio o la maternidad parecen haberte quitado... lamento decepcionarte.
No vengo a hablarte de un suplemento, un superalimento ni una fórmula secreta.
La propuesta es bastante más simple, completamente accesible y probablemente ya la conoces.
Se llama beso.
Pero espera. No estoy hablando del beso automático de buenos días, del piquito antes de salir de la casa ni de ese beso de saludo que, siendo honestas, a veces se parece más a un trámite que a un encuentro.
Estoy hablando de un beso de verdad.
De esos besos que te obligan a detenerte. Que duran. Que tienen intención. Que hacen que, por algunos segundos, dejes de pensar en la lista del supermercado, en los niños, en el trabajo o en todo lo que tienes que hacer después.
Un beso en el que realmente estás ahí.
No cualquier beso
Para que ese beso tenga espacio para convertirse en algo más, hay algunas condiciones básicas.
Higiene y frescura
Puede parecer poco romántico decirlo, pero importa.
No necesitamos una limpieza dental profesional antes de cada encuentro, pero sí preocuparnos de aquello que puede acercarnos o alejarnos. El aroma, el cuidado y la sensación de frescura también participan de la experiencia.
Porque pocas cosas son tan matapasiones como querer acercarse y terminar buscando una excusa para retroceder.
Un momento que permita estar presentes
No tiene que existir una escenografía perfecta, velas ni música de fondo.
Lo importante es que haya un momento en el que puedan estar juntos sin que el beso tenga que terminar necesariamente en algo.
Ese punto es importante.
Un beso puede encender el deseo, pero no debería convertirse en un contrato que diga: si empezamos, tenemos que terminar teniendo sexo.
A veces seguirá.
A veces no.
Y ambas posibilidades están bien.
Tiempo y ritmo
Un beso que conecta necesita durar lo suficiente como para dejar de ser automático.
Puede tener pausas, miradas, manos que se encuentran, una cara sostenida entre las manos o un abrazo.
Un beso que, sin decir nada, comunica:
Aquí estoy. Aquí estás. Aquí estamos.
¿Cuándo dejamos de besarnos así?
Esta es probablemente la pregunta más interesante.
Muchas parejas siguen queriéndose, viviendo juntas, organizando la casa, criando hijos y funcionando perfectamente como equipo.
Pero en algún punto dejaron de encontrarse como pareja.
Y los besos empiezan a mostrarlo.
Primero se acortan.
Después se vuelven predecibles.
Finalmente quedan reducidos al saludo y la despedida.
No necesariamente significa que exista un problema grave. Pero sí puede ser una señal de algo que vale la pena mirar.
Porque el deseo no vive solamente en el momento sexual.
También se construye durante el día, en la atención, en el juego, en la complicidad y en esos pequeños momentos en los que volvemos a mirar a la persona que tenemos al frente como nuestra pareja y no solamente como quien comparte las responsabilidades de la casa.
Disfrutar el viaje y no solamente la meta
Quizás después de un beso así terminen teniendo un encuentro sexual increíble.
Quizás sólo se besen.
Quizás se rían.
Quizás uno de los dos tenga sueño y se vayan a dormir.
También está bien.
La intimidad no es sinónimo de penetración ni todo encuentro íntimo necesita terminar en un orgasmo.
Intimidad también puede ser conectar, jugar, tocarse, descubrirse y recibir placer dentro de lo que ambos quieren y pueden vivir ese día.
A veces, cuando dejamos de perseguir el resultado, volvemos a disfrutar mucho más el camino.
Para detenerte un minuto
¿Hace cuánto tus besos con tu pareja pasaron de sentirse como un encuentro a convertirse en un gesto automático?
Y otra:
¿Qué pasaría si hoy te acercaras a tu pareja y le dieras un beso largo, sin apuro y sin esperar que después tenga que pasar nada más?
A veces buscamos respuestas extraordinarias para cosas que comienzan con gestos bastante simples.
El deseo no se recupera con magia.
Muchas veces comienza recuperando la conexión, el juego y la atención mutua.

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